En la inercia no hay respuestas, hay que intervenir para moldear el destino.
Un intervención de Banco de España ha roto la inercia. Yo camino en traje de raya diplomática por un complejo industrial, haciendo tiempo para una entrevista. Porque he llegado antes. Antes de que las calles estén puestas y con el aplomo del primer rayo de sol de la primavera.
En mis pasos lentos y pausados he recordado el mes funambulista del aterrizaje en Madrid en el que no tenía nada, y vagaba por Madrid en busca de mi nuevo yo, Segundamano en mano. Al menos era Madrid. Hoy se trata de un descampado sin desbrozar. El agravio comparativo está ahí, pienso, mientras observo un gorrión muerto y descabezado en una de las aceras de mi paseo.
Hora y media de reconocimiento con la directora de recursos humanos. Un resumen de mis aptitudes. Un trabajo cruel encima de la mesa. De esos que te encapsulan en la soledad, de los que tomas consciencia a la hora de comer, cuando nadie te acompaña.
De vuelta en la calle, el gorrión muerto y descabezado en la misma acera de la puerta que representa mi salto al vacío.
Hay que tomar nota de las señales, y me ha pillado sin cuaderno.
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jueves, 23 de abril de 2015
lunes, 12 de diciembre de 2011
Aurora Borealis
Son esas personas que se escapan de su cuerpo por los poros
de la piel. Como nadie supo explicarlo hemos inventado un nombre: aura. Son
quienes siguen vivos aún después de morir porque su aura lo sacó de su cuerpo y
se quedó entre nosotros. Son quienes llenan nuestros huecos yermos. Son
quienes siguen llenándolos años después de haberse ido. La Existencia que deja olores
que se siguen percibiendo cuando cierras los ojos.
El resto, nosotros, dedicamos nuestra vida a inventar
nombres que expliquen lo que ellos han dejado por aquí, junto al único don que nos corresponde: la capacidad de reconocerlos.
lunes, 10 de octubre de 2011
Mudas sucias
Estoy entre que algo ha cambiado y que sigo a medias de todo.
Hoy termina un proceso que empezó hace dos meses y medio, cuando me caí de la bici en el Puerto de Santa María. Esa tarde mi mente temblorosa vacilaba entre comprender lo que significaba tener reventado el radio del brazo derecho e inducir tranquilidad en los corazones de mis padres. Mis padres, a mi lado en todo momento, intentaron comportarse como si yo siguiese teniendo doce años. Mamá explicó al médico que yo siempre había sido muy sufrido y soportaba muy bien el dolor.
G. estaba en todas partes. En Cádiz, en Madrid, en el desierto. Antes de entrar en el quirófano. Tras mis párpados al salir de allí. Sólo estuvo él, su pánico al volante y mi familia al otro lado del teléfono.
He crecido durante semanas en el fisioterapeuta.
He sacado adelante un examen pendiente.
He intentado comprender por qué no soy escritor.
He esperado en vano sentado en la ventana la llegada del olor a lluvia.
He ido y vuelto aquí y allá varias veces.
Mi casa ya no está llena de pelos de gato.
Han vuelto las plantas sin nombre.
Y yo me arrancaría trozos de piel muerta.
Hoy termina un proceso que empezó hace dos meses y medio, cuando me caí de la bici en el Puerto de Santa María. Esa tarde mi mente temblorosa vacilaba entre comprender lo que significaba tener reventado el radio del brazo derecho e inducir tranquilidad en los corazones de mis padres. Mis padres, a mi lado en todo momento, intentaron comportarse como si yo siguiese teniendo doce años. Mamá explicó al médico que yo siempre había sido muy sufrido y soportaba muy bien el dolor.
G. estaba en todas partes. En Cádiz, en Madrid, en el desierto. Antes de entrar en el quirófano. Tras mis párpados al salir de allí. Sólo estuvo él, su pánico al volante y mi familia al otro lado del teléfono.
He crecido durante semanas en el fisioterapeuta.
He sacado adelante un examen pendiente.
He intentado comprender por qué no soy escritor.
He esperado en vano sentado en la ventana la llegada del olor a lluvia.
He ido y vuelto aquí y allá varias veces.
Mi casa ya no está llena de pelos de gato.
Han vuelto las plantas sin nombre.
Y yo me arrancaría trozos de piel muerta.
lunes, 23 de mayo de 2011
Carril bici
¿Por qué podría poner alguien -un crío adolescente destartalado, irresponsable a todas luces- una hoja de nosequé árbol, con mucha clorofila y que traspasa algo de luz, pero muy verde y muy grande, sobre un hormiguero al que le está dando el sol?
Ni siquiera iba solo. Iban tres, aumentando la probabilidad considerablemente de idiotizar. Iban a ningún sitio. Él, el más largo, el que andaba peor. En la mano bailando arriba y abajo la tremenda hoja verde. Y el hormiguero se cruzó en su camino. Y paf. Ahí la plantó.
Mis paseos en bici son reveladores.
Ni siquiera iba solo. Iban tres, aumentando la probabilidad considerablemente de idiotizar. Iban a ningún sitio. Él, el más largo, el que andaba peor. En la mano bailando arriba y abajo la tremenda hoja verde. Y el hormiguero se cruzó en su camino. Y paf. Ahí la plantó.
Mis paseos en bici son reveladores.
miércoles, 4 de mayo de 2011
Volver a encender un pitillo
Algo que ya existe en algún sitio.
Algo que no puedo inventar.
Extraerlo despacio, con cuidado.
Ileso.
De opaco a translúcido.
De translúcido a borroso.
De borroso a enfocado.
Escribir algo que me rebase, que no pueda alcanzar.
Escribir algo que ya existe en algún sitio,
algo que nadie ha visto y que no sé dónde está.
Algo que no puedo inventar.
Extraerlo despacio, con cuidado.
Ileso.
De opaco a translúcido.
De translúcido a borroso.
De borroso a enfocado.
Escribir algo que me rebase, que no pueda alcanzar.
Escribir algo que ya existe en algún sitio,
algo que nadie ha visto y que no sé dónde está.
miércoles, 30 de marzo de 2011
martes, 14 de diciembre de 2010
Mi corbata de hoy...
... tiende a darse la vuelta, mostrando su peor cara en el momento más inapropiado. La acompaña, además, cualquiera de mis camisas que se encapriche y escape al cinturón, descubriendo mi flotadorcillo avergonzante. Y en tres plantas de ascensor nunca tengo tiempo de arreglarlo. Sería sencillo con diez kilos menos. Podría volver. Volver a algo... a un sitio donde, incapaz de reconocer precisamente ahora, podría hacerme sentir a gusto.
Callejeros hoy ha estado en Nairobi. Ha salido la casa de Karen Blixen, un recorte de vídeo de unos segundos que me han removido y que no han sido suficientes para oler lo que me pasea por la vista. He ido a mi estantería y he recolocado la mitad de los libros hasta dar con él. Entonces recordé su olor y su sabor, antaño abandonados en mi pedante adolescencia que nunca supo ser elegante, como ella es.
Tenía seis mil acres de tierra y, por tanto, mucho terreno sobrante, además del cafetal. Parte de la granja era bosque nativo y unos mil acres tierras de aparceros, a los que llamaban shambas. Los aparceros eran nativos que, con sus familias, tenían unos cuantos acres en la granja de un hombre blanco y a cambio trabajaban para él un cierto número de días al año. Me parece que mis aparceros veían la relación de una manera diferente, porque muchos habían nacido en la granja, al igual que sus padres, y muy probablemente me consideraban una especie de aparcera superior asentada en sus propiedades.
martes, 9 de noviembre de 2010
La Cena
He visto hoy los montones de basura hundiéndose en barro en Haití, seis meses después del desastre. Me pregunto qué nos separa de no poder llevar las cosas al día. Qué milagro mantiene el orden suficiente para que la basura desaparezca a diario de nuestras narices. Dónde irá toda esa mierda. Qué tiene que pasar para que un día vuelva.
He terminado de leer La Cena, de Herman Koch. Un libro inquietante. Lejos de quedarme en la eterna cuestión de qué estamos haciendo con los hijos -siempre los de ellos-, me pregunto hasta qué punto tengo derecho a reclamar el copyright del autocontrol. Por qué me marco en la casilla de apto, y qué diferencia hay cuando tacho a alguien al verle perder los estribos o justificarse con un argumento que a mis ojos es claramente estúpido. Por qué esperamos que siempre haya quien juzgue con justicia los actos del ser humano. Por qué los baremos pluralmente aceptados son apropiados. Por qué eso nos tranquiliza.
Quizás no sea necesario. Tal vez el concepto "tener derecho a" es una idea estúpida, inventada para convencernos de que algo nos protege. El Leviatán de Hobbes, una vez más. En cualquier caso -y con total seguridad- tener derecho a algo es incompatible con los actos de amor.
No soy quién para condenar una padre que abre la cabeza a puñetazos a un profesor. No puedo opinar. No sé si se mueve por amor, por ira, por una razón absurda o por puro caos. Y me da miedo no poder hacerlo. Admitir que estoy a merced del caos y el sinsentido.
También me preocupa no ser capaz de llevar al día mi casa. Como Haití.
He terminado de leer La Cena, de Herman Koch. Un libro inquietante. Lejos de quedarme en la eterna cuestión de qué estamos haciendo con los hijos -siempre los de ellos-, me pregunto hasta qué punto tengo derecho a reclamar el copyright del autocontrol. Por qué me marco en la casilla de apto, y qué diferencia hay cuando tacho a alguien al verle perder los estribos o justificarse con un argumento que a mis ojos es claramente estúpido. Por qué esperamos que siempre haya quien juzgue con justicia los actos del ser humano. Por qué los baremos pluralmente aceptados son apropiados. Por qué eso nos tranquiliza.
Quizás no sea necesario. Tal vez el concepto "tener derecho a" es una idea estúpida, inventada para convencernos de que algo nos protege. El Leviatán de Hobbes, una vez más. En cualquier caso -y con total seguridad- tener derecho a algo es incompatible con los actos de amor.
No soy quién para condenar una padre que abre la cabeza a puñetazos a un profesor. No puedo opinar. No sé si se mueve por amor, por ira, por una razón absurda o por puro caos. Y me da miedo no poder hacerlo. Admitir que estoy a merced del caos y el sinsentido.
También me preocupa no ser capaz de llevar al día mi casa. Como Haití.
martes, 22 de junio de 2010
Fotos pisoteadas
La foto que titula este blog no es casual.
La foto que titula este blog no está necesariamente vinculada a su significado.
Este blog no significa necesariamente algo redondo y completo.
Este blog no es casual.
La foto de este blog evoca mi lado más nómada, el que me convierte en algo vivo y ligero cuando pisa un aeropuerto.
La foto del blog está pisada por el título, El cajón del agua.
El título del blog está totalmente vinculado su significado.
El título del blog es circular y se repite eternamente.
El cajón del agua no cabe en la basura.
El cajón del agua es mi lado sedentario, lo que me sienta en una incómoda silla y me maniata a lo que he sido hasta este preciso instante. Éste mismo lugar y momento en que estoy tecleando esta estupidez.
La foto que titula este blog no está necesariamente vinculada a su significado.
Este blog no significa necesariamente algo redondo y completo.
Este blog no es casual.
La foto de este blog evoca mi lado más nómada, el que me convierte en algo vivo y ligero cuando pisa un aeropuerto.
La foto del blog está pisada por el título, El cajón del agua.
El título del blog está totalmente vinculado su significado.
El título del blog es circular y se repite eternamente.
El cajón del agua no cabe en la basura.
El cajón del agua es mi lado sedentario, lo que me sienta en una incómoda silla y me maniata a lo que he sido hasta este preciso instante. Éste mismo lugar y momento en que estoy tecleando esta estupidez.
domingo, 20 de junio de 2010
Seis
Hoy, trasteando en la cocina, he mirado el cenicero que hay junto al tostador. Llevo más de un mes sin fumar, pero sigo teniendo un fumadero en la cocina para G. Yo soy su casa; y conozco cómo puede crisparse un fumador en entornos hostiles.
Por eso los cigarros que fumó la última vez que estuvo aquí aún estaban en el cenicero. Y fue la primera vez que vi cigarros apagados por G. a la mitad.
Por eso los cigarros que fumó la última vez que estuvo aquí aún estaban en el cenicero. Y fue la primera vez que vi cigarros apagados por G. a la mitad.
miércoles, 2 de junio de 2010
El lavavajillas
Las dos veces que he intentado terminarme las Memorias de Adriano me he quedado en el camino. Siempre termino revoloteando sobre las notas anexas de Marguerite que vienen al final del libro donde explica el porqué de todo, y al final el libro vuelve a coger polvo.
Afortunadamente ese par de veces he leído el principio, cuando Adriano reflexiona sobre cómo se va pudriendo su cuerpo poco a poco, cómo lo percibe, cómo habla de los olores o cómo su médico personal intenta justificar que es el médico del emperador viajando absurdamente para conseguir hierbas absurdas que nunca le curarán de nada.
Desde entonces, cada mucho, esos pensamientos recurren en mi cabeza. Y hoy, que llevo ya tres semanas sin fumar; hoy, que llamé a los de Fagor para arreglar el lavavajillas un año después de que se rompiera: hoy, que es un día-espejismo donde mi vida parece un puzzle con piezas que encajan, he vuelto a pensar en Adriano y el olor de su muerte.
Afortunadamente ese par de veces he leído el principio, cuando Adriano reflexiona sobre cómo se va pudriendo su cuerpo poco a poco, cómo lo percibe, cómo habla de los olores o cómo su médico personal intenta justificar que es el médico del emperador viajando absurdamente para conseguir hierbas absurdas que nunca le curarán de nada.
Desde entonces, cada mucho, esos pensamientos recurren en mi cabeza. Y hoy, que llevo ya tres semanas sin fumar; hoy, que llamé a los de Fagor para arreglar el lavavajillas un año después de que se rompiera: hoy, que es un día-espejismo donde mi vida parece un puzzle con piezas que encajan, he vuelto a pensar en Adriano y el olor de su muerte.
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