martes, 14 de diciembre de 2010

Mi corbata de hoy...

... tiende a darse la vuelta, mostrando su peor cara en el momento más inapropiado. La acompaña, además, cualquiera de mis camisas que se encapriche y escape al cinturón, descubriendo mi flotadorcillo avergonzante. Y en tres plantas de ascensor nunca tengo tiempo de arreglarlo. Sería sencillo con diez kilos menos. Podría volver. Volver a algo... a un sitio donde, incapaz de reconocer precisamente ahora, podría hacerme sentir a gusto.

Callejeros hoy ha estado en Nairobi. Ha salido la casa de Karen Blixen, un recorte de vídeo de unos segundos que me han removido y que no han sido suficientes para oler lo que me pasea por la vista. He ido a mi estantería y he recolocado la mitad de los libros hasta dar con él. Entonces recordé su olor y su sabor, antaño abandonados en mi pedante adolescencia que nunca supo ser elegante, como ella es.

Tenía seis mil acres de tierra y, por tanto, mucho terreno sobrante, además del cafetal. Parte de la granja era bosque nativo y unos mil acres tierras de aparceros, a los que llamaban shambas. Los aparceros eran nativos que, con sus familias, tenían unos cuantos acres en la granja de un hombre blanco y a cambio trabajaban para él un cierto número de días al año. Me parece que mis aparceros veían la relación de una manera diferente, porque muchos habían nacido en la granja, al igual que sus padres, y muy probablemente me consideraban una especie de aparcera superior asentada en sus propiedades.

lunes, 6 de diciembre de 2010

AENA

"No estoy dispuesto a discutir de esto ahora" -fué la sentencia de muerte a la conversación en la oscuridad. Yo me giré y me cubrí con la manta, encantado de no discutir.

El aire del fin de semana estaba viciado desde el principio. Yo, en lugar del avión. Yo, y otra vez yo al día siguiente. Yo también necesito descansar de mí.

Oh... let the rain fall down
and wash this world away
Oh... let the sky be grey
'Cos if it's ever gonna get any better
it's gotta get worse for a day

martes, 9 de noviembre de 2010

La Cena

He visto hoy los montones de basura hundiéndose en barro en Haití, seis meses después del desastre. Me pregunto qué nos separa de no poder llevar las cosas al día. Qué milagro mantiene el orden suficiente para que la basura desaparezca a diario de nuestras narices. Dónde irá toda esa mierda. Qué tiene que pasar para que un día vuelva.

He terminado de leer La Cena, de Herman Koch. Un libro inquietante. Lejos de quedarme en la eterna cuestión de qué estamos haciendo con los hijos -siempre los de ellos-, me pregunto hasta qué punto tengo derecho a reclamar el copyright del autocontrol. Por qué me marco en la casilla de apto, y qué diferencia hay cuando tacho a alguien al verle perder los estribos o justificarse con un argumento que a mis ojos es claramente estúpido. Por qué esperamos que siempre haya quien juzgue con justicia los actos del ser humano. Por qué los baremos pluralmente aceptados son apropiados. Por qué eso nos tranquiliza.

Quizás no sea necesario. Tal vez el concepto "tener derecho a" es una idea estúpida, inventada para convencernos de que algo nos protege. El Leviatán de Hobbes, una vez más. En cualquier caso -y con total seguridad- tener derecho a algo es incompatible con los actos de amor.

No soy quién para condenar una padre que abre la cabeza a puñetazos a un profesor. No puedo opinar. No sé si se mueve por amor, por ira, por una razón absurda o por puro caos. Y me da miedo no poder hacerlo. Admitir que estoy a merced del caos y el sinsentido.

También me preocupa no ser capaz de llevar al día mi casa. Como Haití.

viernes, 24 de septiembre de 2010

Vintage

Hoy las nubes de Madrid son de los 70. El cielo celeste muerto parece una foto Polaroid recién desempolvada, redescubierta al fondo del cajón de las fotos del sinfonier del salón en el que nunca se está, porque si te sientas en el sofá y pones los dedazos en la mesa de centro dejas marca, y ya no está para las visitas.

Madrid, 70. El sol sobre cristal del parabrisas hace un rayo raro que, mezclado con la mierda, se convierte en un bonito halo cromático que evoca hechos perdidos en el tiempo hace ya mucho tiempo.

Hasta los barrotes de las ventanas de la calle Orense pueden conmigo. Qué ansiedad.

martes, 22 de junio de 2010

Fotos pisoteadas

La foto que titula este blog no es casual.
La foto que titula este blog no está necesariamente vinculada a su significado.
Este blog no significa necesariamente algo redondo y completo.
Este blog no es casual.

La foto de este blog evoca mi lado más nómada, el que me convierte en algo vivo y ligero cuando pisa un aeropuerto.

La foto del blog está pisada por el título, El cajón del agua.
El título del blog está totalmente vinculado su significado.
El título del blog es circular y se repite eternamente.
El cajón del agua no cabe en la basura.

El cajón del agua es mi lado sedentario, lo que me sienta en una incómoda silla y me maniata a lo que he sido hasta este preciso instante. Éste mismo lugar y momento en que estoy tecleando esta estupidez.


domingo, 20 de junio de 2010

Seis

Hoy, trasteando en la cocina, he mirado el cenicero que hay junto al tostador. Llevo más de un mes sin fumar, pero sigo teniendo un fumadero en la cocina para G. Yo soy su casa; y conozco cómo puede crisparse un fumador en entornos hostiles.

Por eso los cigarros que fumó la última vez que estuvo aquí aún estaban en el cenicero. Y fue la primera vez que vi cigarros apagados por G. a la mitad.

miércoles, 2 de junio de 2010

El lavavajillas

Las dos veces que he intentado terminarme las Memorias de Adriano me he quedado en el camino. Siempre termino revoloteando sobre las notas anexas de Marguerite que vienen al final del libro donde explica el porqué de todo, y al final el libro vuelve a coger polvo.

Afortunadamente ese par de veces he leído el principio, cuando Adriano reflexiona sobre cómo se va pudriendo su cuerpo poco a poco, cómo lo percibe, cómo habla de los olores o cómo su médico personal intenta justificar que es el médico del emperador viajando absurdamente para conseguir hierbas absurdas que nunca le curarán de nada.

Desde entonces, cada mucho, esos pensamientos recurren en mi cabeza. Y hoy, que llevo ya tres semanas sin fumar; hoy, que llamé a los de Fagor para arreglar el lavavajillas un año después de que se rompiera: hoy, que es un día-espejismo donde mi vida parece un puzzle con piezas que encajan, he vuelto a pensar en Adriano y el olor de su muerte.