miércoles, 2 de junio de 2010

El lavavajillas

Las dos veces que he intentado terminarme las Memorias de Adriano me he quedado en el camino. Siempre termino revoloteando sobre las notas anexas de Marguerite que vienen al final del libro donde explica el porqué de todo, y al final el libro vuelve a coger polvo.

Afortunadamente ese par de veces he leído el principio, cuando Adriano reflexiona sobre cómo se va pudriendo su cuerpo poco a poco, cómo lo percibe, cómo habla de los olores o cómo su médico personal intenta justificar que es el médico del emperador viajando absurdamente para conseguir hierbas absurdas que nunca le curarán de nada.

Desde entonces, cada mucho, esos pensamientos recurren en mi cabeza. Y hoy, que llevo ya tres semanas sin fumar; hoy, que llamé a los de Fagor para arreglar el lavavajillas un año después de que se rompiera: hoy, que es un día-espejismo donde mi vida parece un puzzle con piezas que encajan, he vuelto a pensar en Adriano y el olor de su muerte.


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