martes, 14 de diciembre de 2010

Mi corbata de hoy...

... tiende a darse la vuelta, mostrando su peor cara en el momento más inapropiado. La acompaña, además, cualquiera de mis camisas que se encapriche y escape al cinturón, descubriendo mi flotadorcillo avergonzante. Y en tres plantas de ascensor nunca tengo tiempo de arreglarlo. Sería sencillo con diez kilos menos. Podría volver. Volver a algo... a un sitio donde, incapaz de reconocer precisamente ahora, podría hacerme sentir a gusto.

Callejeros hoy ha estado en Nairobi. Ha salido la casa de Karen Blixen, un recorte de vídeo de unos segundos que me han removido y que no han sido suficientes para oler lo que me pasea por la vista. He ido a mi estantería y he recolocado la mitad de los libros hasta dar con él. Entonces recordé su olor y su sabor, antaño abandonados en mi pedante adolescencia que nunca supo ser elegante, como ella es.

Tenía seis mil acres de tierra y, por tanto, mucho terreno sobrante, además del cafetal. Parte de la granja era bosque nativo y unos mil acres tierras de aparceros, a los que llamaban shambas. Los aparceros eran nativos que, con sus familias, tenían unos cuantos acres en la granja de un hombre blanco y a cambio trabajaban para él un cierto número de días al año. Me parece que mis aparceros veían la relación de una manera diferente, porque muchos habían nacido en la granja, al igual que sus padres, y muy probablemente me consideraban una especie de aparcera superior asentada en sus propiedades.