En la inercia no hay respuestas, hay que intervenir para moldear el destino.
Un intervención de Banco de España ha roto la inercia. Yo camino en traje de raya diplomática por un complejo industrial, haciendo tiempo para una entrevista. Porque he llegado antes. Antes de que las calles estén puestas y con el aplomo del primer rayo de sol de la primavera.
En mis pasos lentos y pausados he recordado el mes funambulista del aterrizaje en Madrid en el que no tenía nada, y vagaba por Madrid en busca de mi nuevo yo, Segundamano en mano. Al menos era Madrid. Hoy se trata de un descampado sin desbrozar. El agravio comparativo está ahí, pienso, mientras observo un gorrión muerto y descabezado en una de las aceras de mi paseo.
Hora y media de reconocimiento con la directora de recursos humanos. Un resumen de mis aptitudes. Un trabajo cruel encima de la mesa. De esos que te encapsulan en la soledad, de los que tomas consciencia a la hora de comer, cuando nadie te acompaña.
De vuelta en la calle, el gorrión muerto y descabezado en la misma acera de la puerta que representa mi salto al vacío.
Hay que tomar nota de las señales, y me ha pillado sin cuaderno.